No hay camino que engañe al lobo.

Cuando nadie me encuentre seguramente sea porque haya dejado de esconderme, porque el miedo a no ser buscada haya agotado las esquinas y toda esta rabia retumbe por las grietas. Porque ya no esté en alguna esquina, lamentando haber llegado tarde a ese tren que todos advirtieron que solo pasaría una vez.

Cuando ya no me encuentre tal vez haya encontrado otra estación en la que esperar sin destino, intentando dejar al miedo en blanco y encontrar la esperanza en el tren de vuelta. Cuando ya no me encuentre dejaré de buscarme en el espejo y tal vez pueda dibujarme una nueva silueta en la huida. Ya no sé si quiero ser reconocida.

Cuando ya no me encuentre, solo espero dejar de buscarme ahí donde ya he estado. Y perdido.

No hay camino que engañe al lobo.

Jaulas sin cerradura.

“I had the worst thought: I’ve got to spend the rest of my life with myself”.
– The Edge Of Seventeen

Ojalá todos los puentes que estoy quemando fueran calor suficiente
y no me quedase atrapada en las excusas que no me dejo de poner,
ojalá llegar a ese deseado “yo”
que no tiene nada que ver con la persona del espejo,
¿qué peor cárcel que odiar tu piel?

Porque por muchos escalones que suba nunca saldré de ella,
sigo atrapada en esta jaula de la peor manera posible:
de por vida y sin escapatoria posible.

Ojalá joder… ojalá,
pero he desenvuelto tanto odio ya
que por mucho que agite la jaula
se me sigue escapando la libertad.

Jaulas sin cerradura.

Sigo midiendo el tiempo en treces.

Como un continuo domingo a las 8 de la tarde, ¿sabes? como un “te quiero, pero…” muriendo de rodillas por un “pero te quiero”, y mira que se parecen tanto que destruyen.

15 de enero de 2013

He caído y he rebotado en sinsentidos que han recobrado significado con el paso de los años. Con el paso de los años y de los daños, el paso de pisadas por mi patio y mis escaleras: sigo subiendo agarrada a la barandilla, ya no sé si es por vértigo o por costumbre. Sigo reconstruyendo los domingos con párrafos como si no hubiera aprendido ya a diferenciar un mal día de uno vacío. Desde que mi suerte se ha tatuado un trece he empezado a creer más en los cambios de sentido a mitad de carrera y menos en las direcciones prohibidas. Pero lo reconozco, soy incapaz de salir sin mirar de reojo, incapaz de no querer dejarme el alma en los atajos y contar que nunca me hizo falta, que nunca he tenido que parar a coger aire. Lo siento por ser tan repetitiva; lo siento por seguir pidiendo perdón, sabes que hay cosas que nunca cambian y distancias que no se acortan por recorrer kilómetros. Así que sigo creyendo en la calma que espero desenvolver en mi misma, reboto y siguen pasando años sin nada que contar, mucho que decir. Siempre rebuscando palabras, y ojalá algún día sean las correctas.

Sigo midiendo el tiempo en treces.

El tiempo entre mis dedos.

«No matter how wide you stretch your fingers,
your hands will always be too small to catch all the pain you want to heal».
– Sarah Kay

Tendría que dejar de ahogarme intentando saltar charcos
y esperar que me rescaten otros salvavidas que no sean mis manos,
temblando
ante el invierno que supone confundir las palabras con sus efectos secundarios.

Debería dejar de asomarme al precipicio
esperando encontrar algo más que vacío,
escoltarme del vértigo que supone navegar en círculos,
porque sigo perdida aun con brújula en mano
y en esta puta órbita sigue circulando el terror de caminar sin llegar al calor.

Debería aprender,
cinco años ya,
que la luz al final del túnel es tan efímera como ausente,
que no importa cuánto intente extender mis dedos:
jamás podrán acaparar todo el daño que quiero curar.

Porque sigo midiendo el tiempo en treces,
mi miedo en parpadeos
y se me escapan mundos entre cada uno de ellos.

El tiempo entre mis dedos.